23Marzo2017

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Chuburná, espacio de abolengo

chuburná mercadoEl ambiente es de alegría y movimiento o lo que es lo mismo, como dice el dicho, aquí sí estamos en un mercado. Lo primero que sentimos es el embriagador y alucinante olor de las fritangas en el área de comidas que es la parte frontal, la que da al oriente, al estacionamiento con un “viene viene” sui generis, parlanchín y cotorro como el solo.

Es el mercado de Chuburná de Hidalgo, lugar de encuentro de los habitantes primigenios de lo que hasta el año de 1920 fuera el pueblo de Chuburná y que a partir de 1970 pasa a formar parte de Mérida y las personas que años después han pasado a vivir ahí.
El embriagador aroma de los salbutes, panuchos, codzitos, relleno negro, el omnipresente mondongo kabik y la no menos sempiterna cochinita se enseñorean entre el estruendo del llamado de los meseros para atraer a los clientes a sus respectivos puestos.
Los “comederos” están siempre pletóricos de gente que acuden al llamado de este coro de cantos gregorianos de los que empalmando las manos pregonan las bondades de sus respectivos puestos. Ahí lo que menos falta es la sabrosa vianda, comida yucateca nada más.
Este mercado aún está permeado de aquel sabor pueblerino. Ambiente rico. Tradicional. Como eran antaño todos los mercados hoy desparecidos de la Mérida de hoy. Han sido. El de Chuburná es. Después de un leve mareo ante aquella combinación de olores, amores y sabores, penetramos al mercado y experimentamos otro cambio, este sí positivo: lo que lo diferencia de los de antaño es la presencia de mujeres locatarias en diversas áreas. Antes, era imposible que una fémina estuviese detrás del mostrador de un mercado con cuchillo cebollero enristre, lista para atender a los marchantes.
Al compás de la música que brota de un solitario y eficaz músico (“toco de todo, me pueden llamar para sus fiestas o aniversarios”), que ejecuta una sabrosa cumbia yucateca, porque sabrá usted amigo lector que la cumbia en Yucatán tiene un sello muy marcado, muy propio, estilo que le llaman. Es “Ráfaga de fuego, la amenaza tropical” el que anima el cotarro mercaderil.
De los olores pasamos a los colores en el puesto de doña Esther Azul, de cuyas manos, el albo arroz con leche, el espeso y más oscurito del atole nuevo, el café de la pasta de guayaba, el rosa blancote de las cremitas de coco. En fin, dulces tradicionales. “todos hechos por mí con productos naturales”, nos recalca la señora.
Doña Victoria Tun vende pollos desde hace 35 años y nos dice que las ventas no van muy bien en el mercado por la cerrada competencia que existe en los alrededores; lo comprobamos, porque muy cerca de allí existen varias pollerías. En una de ellas un letrero llamó poderosamente mi atención y causó mi hilaridad por su esencia yucatequísima. Dice así: “Se vende pollo recién matado”. ¿Quieren algo que refleje más el espiritu del pueblo que su manera de hablar? Por cierto, el kilo de pollo entero cuesta 42 pesos. Pues ahí esta belleza. Caminando por sus pasillos miramos puestos de las más diversas flores, una zapatería.
En “Pescado Charito” encontramos colgando un mero de descomunal tamaño. El puesto lo atiende Ángel Rubén Villanueva, quien lo heredó de su padre y su madre, que pese a su edad, aún ayuda en la venta del producto.
chuburna mercadoTodos los locatarios parecen estar felices de ser entrevistados y sonríen para la foto, contrario a otros lugares en los que se esconden sin que este servidor sepa el motivo, y preguntan felices el día de su publicación. Se pelean fraternalmente, como carniceros que son, por aparecer.
“El sapo y la estaca”, la inmortal melodía del inmortal “Chico Che”, retumba en el recinto. La chicharra y la morcilla (“choch”) ¡mmmmh¡ tienen mucha demanda. Santiago González Herrera expende además “carne” y “res” -las señoras marchantes sabrán que quiero decir con esto-. La mayoría de los locatarios, como antes decimos, son oriundos y orgullosamente natos de Chuburná de Hidalgo.
Sus clientes/as se dividen, aunque como ya existen muchísimos fraccionamientos por el rumbo, son al parecer bastantes“ emigrantes” emeritenses, del interior, y otra rareza y algún motivo habrá: observé asimismo varias personas, mujeres en su mayoría, mujeres orientales de ojos rasgados.¿por qué será?
La colonia Chuburná tiene como centro neurálgico su mercado y su hermosa, bella de verdad monumental iglesia, joya colonial que debería ser rescatada.
Entre los locatarios reina el albur, el chiste colorado, sin faltar el respeto a las clientas. Entre ellos y ellas –venteros- se transmiten inquietudes incluso de índole sindical. Encontramos allí el carrazo de la señora clasemediera, el volchito democrático, los y las tricicletas.
En este mercado y su contexto, amén de su entorno arquitectónico, existe entre ambas partes que interactúan allí un auténtico mercado, con sus risas y sus regateos tan originales, el doble sentido por delante, es decir, entre “ventero” (vendedor) y “marchante” (comprador) una verdadera relación afectiva, con sentimientos e inquietudes comunes que se manifiestan en la sinceridad.
Los intercambios de palabras, algunas en maya, muy pocas, el ir y venir de la gente, hermosas chicas meridanas en short y hermosas chuburnaeñas con la misma prenda, dan un toque de sensualidad a los olores sabores, música y alegría; sus lágrimas han de haber, pero que no se muestran al público.
Mercado público, “meeting place” de un espacio geográfico bastante nuevos relativamente. Existe asimismo en el edificio del mercado una oficina de Correos. De todo lo anteriormente dicho, entrevistando a varios locatarios, estos expresaron que no se concibe su mercado e inclusive es imposible entender la existencia de Chuburná sin mencionar a la famosísima cantina “La sombrita”.
Casi sin excepción todos los carniceros y verduleros y polleros, etc, etc, comentan que pasaron en ese lugar momentos inolvidables después del duro trabajo del tablajero, el abastecedor. Ahí se reunían a rendir culto a Baco tanto ellos como otros habitantes del antiguo pueblo, así como los nuevos colonos que en ocasiones fraternizaban gentes que vivian en mansiones cercanas con gente pueblo pueblo, carniceros en particular. Y es que una cantina es un verdadero laboratorio para explicar la psicología humana del hombre, cualquier hombre.
El cantinero es un experto en entender las flaquezas y debilidades humanas. ¡Cuántos hombres de cualquier posición social no ha llorado en el hombro de algún cantinero, en este caso el de “La Sombrita”!. Pero, oh desgracia este lugar de abolengo etílico ha caído bajo la picota. Hoy son solamente escombros y techos y paredes derruidas. Con el compañero fotógrafo me acerqué a aquel lugar tan emblemático de Chuburná y extensión de su mercado a casi sollozar ante sus restos mortales y le dije al hombre de la cámara: “Estos, Fabio (Víctor) ay dolor que vez ahora, fueron en un tiempo Itálica (La Sombrita) famosa.
Un mercado en el que se respira vida, de los pocos que sobreviven -me cuenta el músico- que en Cordemex (extraño asentamiento humano) existe uno que se resiste a morir, ya averiguaremos.
Este lugar en la hoy colonia Chuburná fue inaugurado en enero de 1978, financiado por Banobras durante el régimen de José López Portillo con nombre oficial de Mercado Miguel Hidalgo. Y antes de regresar a mi segunda casa, el POR ESTO!, me empujé cachetonamente cinco sabrosérrimos tacos de lechón al horno y uno de morcilla. Placer espiritual al pasar por mi paladar y aparato digestivo, a invitación de un parroquiano desconocido asiduo lector de quien esto escribe. ¡Salute, bocatto di cardinale! (Conrado Roche Reyes / Fotos: Víctor Gijón)

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